2 de jul. 2009

El feliz encuentro

Su mirada la ató completamente. Era una mirada compasiva, comprensiva y amistosa, pero con dolor. Ella, sentada en el columpio de su jardín, lo miraba y admiraba. Le parecía encantador. Se sentía como una damisela observada por su amante, al que tenía ganas de abrazar pero no podía. Él estaba sentado, muy quieto, en la rama de un árbol, delante de ella. Parecía que se comunicaban sin palabras, y él se balanceaba suavemente como si estuviera alegre, sin apartar su mirada de los ojos verdes pero oscuros de la joven. Ella se levantó, y dio sólo dos pasos. Las hojas secas de final de otoño crujieron, y a ella este sonido le pareció un grito de dolor. Por un instante pensó que si fuera hoja no le gustaría que la pisaran. Mas aquellos ojitos brillantes no le permitieron permanecer en este pensamiento por más de un segundo. Él miró hacia la infinidad del cielo. No había ni una nube, pero ya estaba anocheciendo, y el Sol se iba debilitando. Ella también miró. Aunque aún no era plena noche, la Luna ya se dejaba ver, sonriendo. El tiempo perdía fuerza, y con él su sentido. Las miradas volvieron a encontrarse. Al final ella decidió torturar unas cuantas hojas más y abrirse paso hacia aquel árbol tan cercano y lejano a la vez. Él no podía sonreír, su boca no se lo permitía, pero aún así ella intuyó una sonrisa en su cara. En el aire se respiraba felicidad, alegría y desesperación. Ambos se sentían mal por culpa de la imposibilidad de su pleno encuentro. Mas ahora que estaban el uno delante del otro, la felicidad ganaba al dolor. La chica acarició el plumaje del negro cuervo, y él cerró los ojos, deseando que el momento no acabara nunca.

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