29 d’ag. 2009

Almas

Cogió el lápiz y se sumió en el más profundo sueño, el sueño de las palabras. De aquel pequeño trocito de madera salió lo que llevaba dentro, lo que ella era. Siempre decía que cada escrito que hacía era una porción de su alma. A veces regalaba pedacitos de su alma, a veces simplemente los tiraba a la basura porque no le gustaban y los quería hacer de nuevo, mejorarlos, o a veces se los quedaba, y los miraba y volvía a mirar para descubrir algo que se hallaba en su interior, algo que había sacado fuera quizás con el propósito explícito de descubrirlo.
Pero nunca era suficiente.
Acabó lo que estaba escribiendo en aquél momento, lo releyó, y no le pareció preciso. Escribir, releer… ahora entraba el tercer paso: dejar enfriar el pedacito de su alma que acababa de sacar. Y entonces volvería a por él, para pulirlo hasta que quedara perfecto. Ansiaba la perfección.
Pero nunca podría encontrarla.
Mientras llevaba a cabo el tercer paso, decidió sentarse en su ventana para contemplar el cielo y la calle. Le gustaba mirar a la gente, imaginarse su vida y sus relaciones con otra gente; también le encantaba mirar el cielo, se podía perder horas entre las nubes, volando de aquí para allá, descubriendo todo lo que no podía descubrir: o porque estaba sola y no podía, o porque no lo estaba y no la dejaban. El cielo era infinito, la libertad gráfica.

Pero se quedó en el infinito, perdida y con ganas de perderse aún más. Y la cuarta fase nunca se realizó, porque a veces es mejor dejar las cosas como están. No se puede pretender conseguir la perfección; precisamente ésta se encuentra en las cosas imperfectas, pequeñas e insignificantes.